Employee Engagement Curve: conoce cómo mejorar la desconexión laboral

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Cuándo tus empleados se desconectan emocionalmente y se apagan en el trabajo. Qué hacen las intracomunidades al respecto.

Un lunes cualquiera, alguien entra a la oficina o abre su portátil en casa. Saluda. Revisa el correo. Atiende tres reuniones. Cierra dos tareas. A las seis de la tarde apaga la pantalla habiendo cumplido con todo lo que se esperaba de él.

No ha fallado en nada. Tampoco ha conectado con nada.

Si le preguntaras, no diría que está mal. Diría que está bien. Esa es la respuesta más peligrosa que puede darte un empleado, porque «bien» es la palabra que usamos cuando ya hemos dejado de esperar algo mejor.

Esa persona no va a renunciar mañana. Va a renunciar dentro de once meses, y cuando lo haga, en la entrevista de salida dirá que le han hecho una oferta interesante. Tú anotarás «salario» en la casilla del motivo, archivarás el caso y seguirás sin entender qué pasó realmente.

Lo que pasó fue que nadie se dio cuenta de cuándo se apagó.

Los números de una crisis que ya no es silenciosa

En 2025 solo el 20% de los empleados del mundo estaba comprometido con su trabajo. Es la cifra más baja desde 2020 y el segundo año consecutivo de caída. Gallup calcula el coste de esa desconexión en unos 10 billones de dólares de productividad perdida: alrededor del 9% del PIB mundial.

Europa es la región peor parada del planeta: un 12% de empleados comprometidos. Uno de cada ocho.

Pero el dato que más debería preocupar a cualquier dirección de personas es otro. El compromiso de los mánagers —la figura sobre la que hemos apoyado durante décadas toda nuestra estrategia de engagement— ha caído del 27% al 22% en un solo año. Los jefes ya no están mucho mejor que sus equipos. La correa de transmisión se ha roto.

Por debajo de todo eso hay una capa emocional que rara vez aparece en los cuadros de mando. En 2024, uno de cada cinco empleados del mundo decía haber sentido soledad de forma intensa el día anterior. Entre quienes trabajaban en remoto subía al 25%. Entre los activamente desconectados, al 31%.

«Hay un estado general de atrofia social que se nos echa encima y ni siquiera lo notamos.»

Esther Perel, Fortune, julio de 2026

Nunca habíamos tenido tantos canales para hablarnos. Nunca nos habíamos sentido tan poco acompañados.

Conviene, eso sí, resistir la lectura fácil. El estudio internacional de Pluxee con Ipsos —8.700 empleados en diez países, entre ellos España— apunta a algo más matizado: la gente se está vinculando de otra manera. Lo llaman compromiso medido, y lo cuantifican en un 34% de la plantilla: una relación con el empleo que se negocia continuamente contra el resto de la vida. La mayoría sigue ahí, pero pone condiciones.

Eso cambia el diagnóstico por completo. La gente sigue queriendo comprometerse. Lo que ya no le sirve es el compromiso que le seguimos ofreciendo.

Lo que falta es sentido

Debajo de la desconexión hay algo que las encuestas de clima casi nunca preguntan.

En noviembre de 2025, Gallup publicó un dato que debería haber ocupado más titulares de los que ocupó: solo el 18% de los trabajadores estadounidenses describe su empleo actual como algo que tiene un propósito en el que cree personalmente. Un 45% dice que trabaja, básicamente, para cobrar.

Lo que viene después conecta las dos mitades de este artículo. Los empleados con un sentido de propósito fuerte tienen 5,6 veces más probabilidades de estar comprometidos que los que lo tienen bajo: 50% frente a 9%. La diferencia en intención de marcharse es igual de brutal: un 41% de los primeros está atento a otras ofertas, frente a un 68% de los segundos.

Dicho de otro modo: el propósito funciona como causa del compromiso, no como su decoración.

Aquí aparece la distinción que ninguna organización tiene en su cuadro de mando: logro y plenitud son cosas distintas. Achievement no es fulfillment.

El logro es una métrica externa. Se persigue, se alcanza, se celebra brevemente y se sustituye por el siguiente. Tiene la lógica de la escalera: siempre hay un peldaño más. La plenitud es interna y no funciona por acumulación. Depende de si lo que haces significa algo para ti y para alguien.

Por eso hay tanta gente que ha hecho todo lo que se suponía que tenía que hacer —el ascenso, el equipo, el proyecto grande— y sigue sintiendo que algo no encaja. La ambición está intacta. Lo que falla es la pared contra la que llevan años apoyando la escalera.

El investigador Zach Mercurio lo formula con una precisión útil: pertenecer e importar operan en planos distintos. «Cuando sentimos que pertenecemos, nos sentimos acogidos, aceptados y aprobados por un grupo. Cuando sentimos que importamos, nos sentimos significativos para los miembros de ese grupo.» Su dato incómodo: cerca del 43% de los empleados se siente invisible.

«En la era del big data y los dashboards de engagement, corremos el riesgo de reducir a las personas a métricas. Pero nadie permanece en un lugar donde se siente como un KPI.»

Rubén Mancera y Juan Parodi, Comunidades de impacto (Anaya Multimedia, 2026)

Puedes retener a alguien con dinero durante un tiempo. Puedes entretenerlo con beneficios durante otro. Solo se queda de verdad quien siente que su presencia cambia algo para alguien.

Por qué las soluciones habituales no funcionan

Ante estos números, la reacción típica de una organización es previsible: más beneficios, más encuestas, más comunicación interna, más plataformas.

La encuesta anual de clima llega tarde por definición: mide una vez al año, en un momento arbitrario, y te devuelve un promedio. Un promedio de una curva no dice nada sobre la curva. Puedes tener un 7,4 de satisfacción global y, dentro, media plantilla en caída libre. Las comunidades internas, en cambio, detectan problemas antes que cualquier encuesta.

Los beneficios materiales importan —el estudio de Pluxee los sitúa en el podio de lo que hace atractiva a una empresa—, pero se consumen. Lo que se consume se agota, y se compara con lo que ofrece el de enfrente.

Las herramientas digitales son quizá el espejismo más caro. Slack, Teams, WhatsApp y la intranet corporativa nos hicieron creer que la conexión era un problema de infraestructura. Nunca lo fue.

«Las redes conectan; las comunidades cuidan.»

Henry Mintzberg, «Networks are not Communities», 2015

Todas estas respuestas comparten el mismo defecto de origen: tratan el compromiso como algo que se entrega a la persona, cuando el compromiso es algo que la persona construye con otras personas.

Nadie se siente parte de una política de recursos humanos. La gente se siente parte de un grupo.

Intracomunidades: el tejido que faltaba

«La comunidad no es un extra deseable de la vida de una empresa. Es un ingrediente absolutamente vital del éxito.»

Ben Whitter, Employee Experience Strategy (Kogan Page, 2023)

Llamamos intracomunidades a las comunidades que viven dentro de una organización y operan para sus empleados: espacios voluntarios, con propósito propio, donde las personas se reúnen por algo que les importa y no por el organigrama. Las llamamos también arquitecturas de pertenencia, porque eso es exactamente lo que sostienen.

Una intracomunidad tiene tres cosas que un departamento no tiene: propósito compartido (una razón o una lucha para estar que resuena en lo personal, más allá de lo corporativo), valor recíproco (cada miembro aporta y recibe a la vez) y pertenencia auténtica (nadie la ha decretado desde arriba).

«Una comunidad es un grupo de personas que comparten objetivos y luchas (un propósito), se reconocen como parte de un “nosotros” (sentido de pertenencia) y se cuidan mutuamente.»

Rubén Mancera y Juan Parodi, Comunidades de impacto

Sobre todo, cumple una función que ninguna otra estructura de la empresa cumple: crea vínculos transversales. Relaciones entre personas que no comparten jefe, ni objetivos, ni presupuesto. Ese es el tejido que la desconexión destruye primero y que ninguna reorganización puede reponer.

Los formatos ya están probados y conviven bien:

  • Comunidades de práctica, para que el conocimiento circule entre áreas en lugar de morir en un equipo.
  • Masterminds internos: grupos pequeños y estables que se reúnen con cadencia fija para trabajar los retos reales de cada miembro. Poca gente, mucha profundidad, cero audiencia.
  • Programas de embajadores, que convierten a las personas en voz real de la cultura. DIA España lleva años trabajando así con #GenteDia.
  • Círculos de mentoría, incluida la mentoría inversa entre generaciones o entre departamentos.
  • Grupos de afinidad y recursos (ERG/BRG), que en las organizaciones más maduras han dejado de ser «grupos de diversidad» para convertirse en órganos consultivos con voz en decisiones.
  • Comunidades de propósito y voluntariado, donde el vínculo se construye haciendo algo que importa fuera del puesto.

El caso que mejor resume hasta dónde puede llegar una intracomunidad es Bancolombia. Su comunidad BMovers nació para que el propósito de la organización llegara de verdad a más de 30.000 personas, y terminó convertida en un movimiento cultural con estructura propia. Hoy son más de 250 referentes activos en varios países y niveles jerárquicos, y han explicado la estrategia local a más de 2.300 compañeros. La organización los llama «nuestros brazos extendidos».

«Ser BMover te cambia la vida.»

Un miembro de la comunidad BMovers, Bancolombia

Ninguno de estos casos empezó siendo un gran programa. Todos empezaron siendo un grupo pequeño de gente a la que se le dio permiso, propósito y visibilidad.

El retorno de ese tejido se puede contar. La investigación de BetterUp publicada en Harvard Business Review asocia un alto sentido de pertenencia a un 56% más de desempeño, un 50% menos de riesgo de rotación y un 75% menos de días de baja. La pertenencia aparece en la cuenta de resultados.

«Un grupo de personas que trabajan juntas y un equipo son dos cosas distintas. Tenemos que ser más intencionales al crear lo segundo.»

Ben Whitter, Employee Experience Strategy


El Employee Engagement Curve

El problema de fondo es que seguimos midiendo el compromiso como si fuera un estado, cuando se comporta como una trayectoria.

Por eso trabajamos con lo que llamamos el Employee Engagement Curve: una forma de leer el engagement a lo largo de la experiencia del empleado, y muy especialmente dentro de una comunidad interna. En el eje horizontal, el recorrido de la persona. En el vertical, el compromiso, medido por lo que hace y no por lo que declara una vez al año.

  1. Expectativa. Desde la oferta hasta el primer día. El compromiso está altísimo, pero es prestado: se apoya en una promesa, todavía no en una experiencia.
  2. Aterrizaje. Los primeros noventa días. La promesa se contrasta con la realidad. La métrica que importa aquí no es si completó el onboarding, sino el time-to-belong: cuánto tarda esa persona en tener su primera conversación significativa con alguien de fuera de su equipo.
  3. El valle. Entre el cuarto mes y el primer año. El entusiasmo de la llegada ya se ha gastado y la pertenencia todavía no se ha construido. Es la zona más peligrosa de toda la curva y la menos vigilada: nadie hace encuestas en el mes ocho. Ahí nace la renuncia silenciosa y se decide la rotación que verás dentro de un año.
  4. Contribución. El primer aporte que no estaba en la descripción del puesto: una idea, una sesión, una ayuda a alguien de otra área. Es el primer dato conductual real de compromiso. Se mide con el porcentaje de plantilla que hace al menos una contribución voluntaria por trimestre, y con el ratio entre quienes aportan y quienes solo consumen.
  5. Pertenencia. La persona participa sin que haya que convocarla. El hábito ha sustituido a la campaña. Ahí es donde el eNPS empieza a moverse de verdad y donde aparece la densidad de vínculos transversales.
  6. Custodia. Alguien deja de participar para empezar a cuidar: mentoriza, facilita, abre un subgrupo, acoge a los nuevos. Es liderazgo emergente sin título formal, y el indicador más fiable de que la comunidad sobrevivirá a sus fundadores.
  7. Meseta o salida. Toda curva se aplana. La señal temprana llega antes que la baja: es la latencia, el tiempo transcurrido desde la última contribución de esa persona. Cuando alguien se va, una salida bien cuidada convierte a un exempleado en capital social —una red de alumni— en lugar de en una puerta que se cierra.

employee-engagement-curve

La utilidad del modelo está en tres cosas concretas: saber dónde está el valle en tu organización, medir el compromiso por comportamiento y no por opinión, y diseñar intervenciones para el tramo exacto donde la gente se cae, en lugar de lanzar una acción genérica para toda la plantilla.


Cómo medirlo sin caer en el dashboard decorativo

Tres capas, y las tres a la vez.

El pulso. Lo operativo y observable: recurrencia, asistencia sobre convocados, contribuciones por miembro, tiempo medio de respuesta dentro de la comunidad, latencia. Datos de vitalidad. Se leen cada mes.

La pertenencia. Lo relacional y percibido: eNPS, seguridad psicológica, número de vínculos fuera del propio equipo, time-to-belong. Se leen cada trimestre, con pulsos cortos, nunca con un cuestionario anual de sesenta preguntas.

El impacto. Lo que le importa al comité de dirección: rotación no deseada, absentismo, movilidad interna, propuestas de mejora nacidas de la comunidad, tiempo de cobertura de vacantes. Se leen cada semestre.

Una regla que ahorra disgustos: define en un diccionario común qué significa «miembro activo» antes de medir nada.

«Lo que no se mide, se pierde de vista. Y lo que se mide mal, se prioriza mal.»

Rubén Mancera y Juan Parodi, Comunidades de impacto

La mayoría de los programas de comunidad interna no mueren por falta de resultados. Mueren porque nadie fue capaz de demostrar los que hubo.


Antes de la comunidad, la pregunta personal

Hay una parte de todo esto que ninguna organización puede resolver por ti.

Puedes diseñar la mejor intracomunidad del mundo, pero si quien la lidera —o quien la habita— no tiene claro desde dónde decide, la comunidad acaba siendo un contenedor bonito de gente ocupada. El sentido colectivo necesita apoyarse en algo individual que ya esté resuelto.

Por eso creamos Camino del Propósito, y por eso lo hacemos caminando.

Del 24 al 27 de septiembre de 2026 haremos la primera edición: sesenta kilómetros de Melide a Santiago de Compostela, tres días de trabajo real más noventa días de acompañamiento posterior. Quince plazas, porque si son quince es porque dieciséis no caben.

Lo que promete es coherencia: salir de ahí sabiendo qué conversación llevas dos años posponiendo, qué decisión estás tomando desde el cargo en lugar de desde quien eres, y qué valores estás dispuesto a defender cuando cuesten algo. La pregunta que atraviesa los cuatro días es incómodamente simple: ¿estoy decidiendo desde quien soy o desde el rol que represento?

Al terminar, nadie vuelve solo. Los participantes se incorporan a Caminantes del Propósito, la comunidad que sostiene los noventa días siguientes en parejas de mentoría y encuentros de grupo. Este artículo entero va de eso: el propósito que no se acompaña se evapora en tres semanas.

Estamos en las últimas semanas de inscripción. Con quince plazas, esto se cierra antes por aforo que por calendario.

👉 Conoce el programa y reserva tu plaza

Antes, un directo

El 1 de septiembre a las 9.30 AM (CET) haremos un LIVE: Hackeando a José María Palomares. Hablaremos de propósito, de comunidades y del sentido del trabajo. De por qué las organizaciones que ofrecen empleo pero no pertenencia se quedan sin nadie a quien empleárselo.

Palomares lo dejó escrito en el prólogo de nuestro libro, en tres preguntas que valen por un diagnóstico entero:

«¿Estoy construyendo conexiones reales o acumulando contactos? ¿Mi organización ofrece pertenencia o solo empleo? ¿Estoy dispuesto a cambiar la lógica de control por la de confianza?»

José María Palomares, prólogo a Comunidades de impacto

Súmate al LIVE


La pregunta

Las intracomunidades funcionan como infraestructura de pertenencia. Son el tejido que sostiene el compromiso cuando el organigrama ya no puede sostenerlo solo. Se diseñan, se cuidan y se miden, igual que cualquier otra cosa que importe.

«En tiempos donde el compromiso se desvanece, la pertenencia ya no es un “soft skill”: es un activo estratégico. Y como todo lo que vale, no aparece por accidente. Se diseña. Se cultiva. Se protege.»

Rubén Mancera y Juan Parodi, Comunidades de impacto

Así que la pregunta no es si tu empresa necesita comunidad, la pregunta es:

¿Sabes en qué punto exacto de la curva está ahora mismo la persona que se sentó hoy en tu oficina y dijo que estaba «bien»?

Si no lo sabes, tu problema empieza antes del engagement: empieza en la visibilidad. Uno no se arregla hasta que se arregla el otro.

Fuentes

  • Gallup, State of the Global Workplace 2026 (datos de 2025): engagement global del 20%, coste de ~10 billones de dólares (9% del PIB), Europa 12%, mánagers del 27% al 22%.
  • Gallup, 1 in 5 Employees Worldwide Feel Lonely (junio de 2024, datos del 1T 2024): soledad diaria por modalidad de trabajo y nivel de engagement.
  • Gallup, Purposeful Work Boosts Engagement, but Few Experience It (11 de noviembre de 2025; 4.475 trabajadores en EE. UU.): 18% con propósito personal en su empleo, 45% trabaja por la nómina, 5,6× más engagement con propósito fuerte.
  • Pluxee e Ipsos, Las nuevas reglas del engagement (2025): 8.700 encuestados en 10 países; concepto de «compromiso medido» (34%).
  • Carr, Reece, Kellerman y Robichaux (BetterUp), «The Value of Belonging at Work», Harvard Business Review, 16 de diciembre de 2019: +56% de desempeño, −50% de riesgo de rotación, −75% de bajas.
  • Zach Mercurio, «How to Create Mattering at Work»: distinción entre pertenecer e importar; 43% de empleados que se sienten invisibles.
  • Henry Mintzberg, «Networks are not Communities», mintzberg.org, 8 de octubre de 2015.
  • Ben Whitter, Employee Experience Strategy, Kogan Page, 2023.
  • Rubén Mancera y Juan Parodi, Comunidades de impacto, Anaya Multimedia, 2026.

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