Comunidades IRL: la última trinchera de combate a la IA

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Llevamos años acumulando formas de estar en contacto sin estar realmente juntos. Frente a ese horizonte crecen las comunidades IRL.

El móvil nos conecta con cualquiera en segundos, el trabajo remoto borró la oficina como punto de encuentro. A medida que se multiplican estas situaciones, los datos de soledad no dejan de crecer. Algo está roto. Hemos confundido conexión con relación. 

En esta línea, la inteligencia artificial promete ser el interlocutor perfecto: siempre disponible, infinitamente paciente, capaz de recordar todo lo que le contamos. Y ahí está el riesgo. Cuanto más sofisticada se vuelve la conversación con una máquina, más fácil resulta sustituir lo difícil —el roce real con otros seres humanos— por lo cómodo.

La gran pregunta de los próximos años es si vamos a aceptar esa simulación de compañía como suficiente.

Hoy está creciendo un movimiento en dirección contraria.

Se llama, sin demasiada poesía, IRL: In Real Life. Comunidades diseñadas para verse, tocarse, sudar juntas, mirarse a los ojos. La trinchera donde lo humano se defiende de su propia comodidad.

 

El social running como tendencia

Si hay un fenómeno que condensa esta vuelta a lo presencial, es el social running: correr en grupo con un componente comunitario.

En pocos años, correr dejó de ser una práctica solitaria para convertirse en una de las formas de socialización más potentes del momento, hasta el punto de que se habla de ella como una medicina contra los males de las grandes ciudades.

Los números acompañan: según el informe Year in Sport de Strava, la participación en clubes de correr creció un 59% a nivel global en 2024, y el 58% de las personas encuestadas afirmó haber hecho nuevos amigos a través de grupos de fitness.

La propia plataforma lo resumió con una frase que se volvió titular: los clubes de running están reemplazando a las discotecas como puntos de encuentro social.

Los ejemplos abundan

Parkrun convoca cada sábado eventos gratuitos de 5 km en más de 2.000 localidades sostenidos por voluntarios, hasta el punto de que algunos médicos de cabecera británicos «prescriben» la participación.

November Project levantó una red de «tribus» que entrenan al amanecer con sus rituales de saltos y abrazos.

GoodGym suma propósito al hacer que sus miembros corran hacia tareas de voluntariado.

Es un universo tan rico que le dedicaremos un artículo propio más adelante. Por ahora basta con quedarse con el patrón, porque se repite en toda comunidad IRL: un interés compartido que rompe el hielo, un ritual recurrente que se vuelve hábito, un espacio físico que da identidad y una pertenencia que se sostiene en el tiempo. La afinidad abre la puerta; la recurrencia construye el vínculo.

 

IRL: una tendencia que también es mercado

Lo que empezó como jerga de internet se ha convertido en una categoría de inversión. La frase que circula en el ecosistema, repetida por fundadores e inversores, es que la economía de la conexión IRL ya mueve más de 400.000 millones de dólares, con cientos de millones desplegados en apuestas presenciales en los últimos semestres. Conviene leer esa cifra global como una estimación del propio sector más que como un dato auditado, pero los movimientos concretos que hay detrás sí están bien documentados.

El corazón de esta ola son los social clubs: comunidades que cobran por pertenecer, no por una entrada suelta a un evento. La lógica es la del club de toda la vida, actualizada para una generación que vive en pantallas. Pagas una membresía y, a cambio, accedes a un grupo curado de gente afín y a un calendario de encuentros recurrentes. Lo que se vende es la pertenencia, y el evento funciona como puerta de entrada.

Timeleft es el caso más reconocible: organiza cenas entre cinco desconocidos cada miércoles en más de 200 ciudades, con un modelo de suscripción de unos 18 euros por cena, y demuestra que la gente paga por un contexto social curado.

En escalas más pequeñas, pero buscando generar un gran valor, se encuentra La Mesa Nos Une, dónde cada mes personas que no se conocen, a lo largo de la noche cuentan sus historias de vida, desvelando los hilos invisibles que les unen.

En la misma línea, Clyx levantó 14 millones de dólares en su Serie A para conectar a las personas en eventos presenciales y se expande hacia São Paulo, y Pie, del fundador de Bonobos, construyó una app de amistad presencial. Todos parten de la misma intuición: la afinidad y la recurrencia transforman a un grupo de extraños en una comunidad.

 

El indicador más revelador

Se ve que esto es una tendencia de fondo en el mercado laboral: empresas tecnológicas de primer nivel pagan salarios de seis cifras por perfiles de comunidad y eventos. Cuando los puestos de community builder cotizan así, queda claro que la conexión presencial se ha vuelto una infraestructura estratégica.

España y Latinoamérica encajan de lleno en esta ola.

WeRoad, la plataforma de viajes en grupo para desconocidos nacida como respuesta a la soledad del viajero millennial, cerró 2025 con unos 130 millones de euros de facturación y un crecimiento del 30% interanual; en mayo de 2025 lanzó WeMeet, una app de eventos locales —cenas, caminatas, grupos de running, after-work— para sostener a su comunidad en las ciudades donde vive, una señal de que el mercado urbano de comunidades presenciales en España tiene demanda suficiente para justificar inversión seria. Timeleft ya opera en una decena de ciudades españolas y en capitales como Buenos Aires, Bogotá y Ciudad de México. 

A esto se suman dos vientos de cola locales: España es hoy uno de los destinos más atractivos del mundo para el trabajo remoto, lo que concentra a miles de profesionales con alto poder adquisitivo y arraigo social escaso, y la región hispanohablante combina una soledad estructural alta con la ausencia, todavía, de operadores locales que dominen el diseño de estas comunidades. El hueco existe y la demanda está identificada.

 

El roce que hemos perdido

¿Por qué hace falta diseñar, y hasta financiar, lo que antes ocurría solo?

La psicoterapeuta Esther Perel ofrece un diagnóstico muy lúcido en esa línea. Su tesis es que el mundo contemporáneo está diseñado para erradicar cualquier incomodidad: hoy se puede pedir comida, trabajar, ejercitarse y estudiar sin salir de casa ni interactuar físicamente con nadie. Al eliminar los obstáculos cotidianos, se ha atrofiado lo que ella llama el «músculo social».

Perel cita un dato que para nosotros pinta de cuerpo entero lo que está pasando: casi la mitad de los hombres jóvenes admite que nunca se ha acercado a alguien en público para iniciar una conversación romántica, paralizados por el pánico a la interacción directa.

La fricción es el combustible del vínculo.

No hay historia de amor —ni de amistad profunda— sin obstáculos. Las nuevas generaciones, acostumbradas a la gratificación instantánea de las pantallas, donde lo que aburre se desliza a la izquierda o se bloquea, intentan trasladar esa misma lógica a las relaciones humanas. Pero los vínculos reales exigen sostener silencios extraños, momentos incómodos y el riesgo de ser rechazado en vivo. Al evitar esa vulnerabilidad, evitamos también la profundidad.

Perel advierte que la era digital prometía cercanía y está produciendo un amor más ansioso, superficial y solitario. Buscamos «compatibilidad perfecta» antes de conocer a nadie, usando las apps como catálogos de eficiencia, y convertimos el cortejo en una prueba ultraplanificada que elimina la espontaneidad.

El resultado es lo que ella describe como la soledad de estar al lado de alguien que no está del todo presente. Su propuesta es entender la intimidad como una práctica hecha de verbos —preguntar, dar, recibir, compartir, imaginar y, sobre todo, rechazar y ser rechazado—, todos los cuales requieren presencia física y tolerancia a la frustración.

Una comunidad IRL reintroduce justamente eso: fricción dosificada y segura. El desconocido con quien te toca correr, la conversación que no podías prever, el plan que sale mal y se arregla entre todos. Es el roce que la pantalla elimina y que la máquina nunca te va a exigir.

 

La pandemia de la soledad

Detrás de todo esto opera un motor estructural y oscuro.

En junio de 2025, la Organización Mundial de la Salud publicó el informe de su Comisión sobre Conexión Social, From loneliness to social connection. Una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, y esta se vincula a unas 100 muertes cada hora: más de 871.000 muertes al año. El estudio, fruto de tres años de trabajo, situó la desconexión social en un nivel de daño comparable a otros grandes riesgos de salud pública, como la contaminación del aire, el tabaco o el alcohol.

El dato más incómodo desmonta la idea de que la soledad es cosa de la vejez: las adolescentes mujeres mostraron las tasas más altas, con un 24,3%. Hoy la soledad golpea con especial fuerza a los jóvenes hiperconectados.

En nuestro libro Comunidades de Impacto (Anaya, 2026) lo planteamos como una emergencia sanitaria silenciosa.

El neurocientífico John Cacioppo, que dedicó su carrera a mapear los circuitos cerebrales de la soledad, demostró algo que conviene recordar cada vez que abrimos una app para no sentirnos solos: nuestro cerebro no distingue entre aislamiento social y peligro físico. Ambos activan los mismos sistemas de alarma.

La soledad, escribió, es una señal biológica tan fundamental como el hambre o la sed, diseñada para alertarnos de que algo esencial para nuestra supervivencia está ausente. Hemos aprendido a silenciar esa señal con trabajo, con pantallas, con sustancias. Y ahora, también, con conversaciones artificiales que se parecen mucho a la compañía.

La salud social como eje vertebral

Aquí quiero detenerme, porque es la idea que articula todo lo demás.

Durante décadas, la medicina nos habló de dos pilares de la salud: el físico y el mental. Come bien, haz ejercicio, medita, ve a terapia. Existe un tercer pilar que hemos ignorado de manera sistemática, y su ausencia está matando a más gente que muchas guerras. Ese pilar es la salud social.

Tomo el concepto de Kasley Killam, investigadora de Harvard y autora de The Art and Science of Connection, a quien dedicamos un capítulo de Comunidades de Impacto. La salud social es la capacidad de construir, mantener y nutrir conexiones significativas con los demás, y de formar parte activa de comunidades que promuevan sentido de pertenencia, apoyo y propósito. Va mucho más allá de tener compañía o relaciones funcionales.

Se apoya en tres principios. El primero es la conexión significativa: relaciones profundas y de confianza, capaces de ofrecer apoyo emocional y reciprocidad genuina. El segundo es la calidad de las interacciones: la profundidad de cada relación pesa más que el número de contactos acumulados. El tercero, menos intuitivo, es el equilibrio en la soledad: reservar tiempo para la introspección sin desconectarse del mundo.

La salud social tiene manifestaciones biológicas medibles. Las personas con altos niveles de salud social presentan menores índices de enfermedad cardiovascular, mejor recuperación tras cirugías y una incidencia mucho más baja de depresión y ansiedad. P

or eso Killam la entiende como una forma de prevención: igual que el ejercicio físico previene enfermedades crónicas, fortalecer nuestras conexiones puede evitar afecciones emocionales y físicas graves.

Y, como el ejercicio, la salud social se entrena. Killam habla de fortalecer los «músculos sociales» —el mismo término que usa Perel— con actos regulares de conexión: invitar a alguien a caminar, unirse a un grupo de interés local, participar en actividades comunitarias. Es exactamente lo que ofrece una comunidad IRL. El antídoto contra la peor epidemia coincide punto por punto con lo que estas comunidades proporcionan.

 

La soledad no deseada y el nuevo marco español

España acaba de dar un paso que conviene subrayar. En marzo de 2026, el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 publicó el Marco Estratégico Estatal de las Soledades 2026-2030, el primer instrumento de política pública estatal que aborda este fenómeno de forma transversal.

El marco trabaja sobre el concepto de soledad no deseada, una expresión que se ha generalizado en España para nombrar las situaciones en las que la soledad produce malestar y deja efectos negativos, reconociendo a la vez que cierta soledad puede elegirse como espacio de introspección y crecimiento. Conviene distinguirla del aislamiento: el aislamiento es la falta objetiva de contactos, mientras que la soledad es un sentimiento subjetivo.

Se puede estar rodeado de gente y sentirse profundamente solo.

Los datos que recoge el marco confirman la magnitud del problema en España. Según el Barómetro de la Soledad No Deseada 2024, una de cada cinco personas (20%) siente soledad, y dos tercios de ellas —el 13,5% de la población— la arrastran desde hace más de dos años. La distribución por edad dibuja una «U»: la prevalencia más alta está en la juventud, con un 34,6% entre los 18 y los 24 años, desciende en la edad adulta y vuelve a subir en la vejez.

Para quienes trabajamos en diseño de comunidad, lo más interesante es cómo responde el marco. Su segundo eje se llama, literalmente, «Tejido social y desarrollo comunitario», y se propone promover entornos físicos, sociales y digitales que faciliten la participación y la interacción cotidiana. El Estado reconoce así que la respuesta a la soledad es comunitaria y que hacen falta espacios diseñados para el encuentro. Es justo el terreno donde operan las comunidades IRL.

El marco subraya además una idea que trasciende la salud: la soledad debilita el tejido social y democrático. Erosiona la confianza, la participación y el sentido de comunidad, y alimenta sociedades más desconectadas y potencialmente más polarizadas. Fortalecer la conexión es, a la vez, cuidar a las personas y cuidar la democracia.

La trinchera

Volvamos al principio. La inteligencia artificial será cada vez una interlocutora más extraordinaria. Resolverá dudas, redactará textos, nos hará compañía a las tres de la mañana. No tiene sentido combatirla; tiene sentido entender sus límites.

Hay cosas que una máquina no alcanza: la fricción de un grupo de desconocidos que se convierten en amigos, el cansancio compartido al terminar una carrera, el silencio cómplice de quien nos conoce de verdad, el roce incómodo del que habla Perel, los mecanismos biológicos que solo se encienden con presencia física real. La salud social se entrena en persona, igual que el ejercicio.

Por eso las comunidades IRL son la última trinchera frente a la tentación de conformarnos con un sustituto. La tecnología seguirá siendo una herramienta extraordinaria, y a la vez, en un mundo donde la conexión simulada será abundante y barata, la conexión real, encarnada y recurrente se convierte en el bien más valioso. Diseñarlas,  construirla o participar en una, es quizá el acto más transformador que podemos realizar hoy.

En Community Hackers llevamos más de 15 años diseñando comunidades con impacto para organizaciones. Si quieres profundizar en diseño de comunidad, community building y community-led growth, te leemos en el blog de Community Hackers, donde seguimos explorando estas ideas, y encontrarás el método completo en nuestro libro Comunidades de Impacto (Anaya, 2026).

 

Autor: Juan Parodi

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