Comunidades y diseño de futuros: lo que aprendimos con David Alayón sobre construir mañanas mejores
Las comunidades construyen futuros mejores porque son un mecanismo clave y crítico capaz de convertir una imagen del futuro en realidad. Ninguna persona, por mucho poder que acumule, mueve el mundo hacia lo positivo ella sola: hace falta un colectivo que crea en ese futuro y actúe en consecuencia. A esa ficción que se vuelve real por el hecho de creerla, el diseño de futuros la llama hiperstición. Y para ocurrir necesita, casi siempre, una comunidad.
Inauguramos con David el ciclo «Hackeando a…», una serie de entrevistas de Comunidades de Impacto donde nos sentamos con gente que piensa mejor que nosotros y le pedimos que nos deje mirar dentro de su cabeza un rato. David Alayón es fundador y CEO de INNUBA, vicepresidente de la Asociación Española de Prospectiva, profesor en escuelas como IE, ISDI y Elisava, y autor de Tiempo de Futuros. Forbes lo incluyó entre los 40 mejores futuristas de España. Y fue el prologuista de nuestro libro, Comunidades de Impacto, así que la conversación venía con complicidad de fábrica.
Lo que salió de nuestra entrevista nos sigue dando vueltas. Este artículo no es un resumen de la entrevista: es lo que nos llevamos de ella. Nuestra lectura de sus ideas, traducida a la forma en que en Community Hackers vemos la realidad, con las claves que identificamos y los consejos que nos dio para hacer mejor nuestro trabajo, que es construir mejores y más comunidades de impacto. Va de futuros, de comunidades, y de por qué imaginar es un acto mucho menos ingenuo de lo que parece.
Qué es el diseño de futuros (y por qué no es predecir)
El diseño de futuros es una disciplina que ejerce una capacidad de anticipación, no de predicción. No intenta acertar qué va a pasar. Explora escenarios posibles para actuar mejor en el presente: prepararte para lo que no quieres o empujar hacia lo que sí. Su herramienta más conocida es el cono de futuros, y su objetivo declarado es convertir los futuros preferibles en futuros probables.
David lo explica con una imagen que se te queda grabada: el cono de futuros. No estás en el presente unido al futuro por una sola línea recta. Estás en el vértice de un cono que se abre hacia delante en múltiples posibilidades.
Lo primero que imaginas son los futuros probables. Y ahí viene el primer golpe. «Normalmente son bastante negativos», dice. «Últimamente, cuando imaginamos el futuro, es bastante negativo.»
Cuando empiezas a abrir el cono aparecen los futuros alternativos o posibles: las cosas podrían salir peor, o podrían salir mejor si las hiciéramos de otra manera. Y dentro de esos, buscas los futuros preferibles o deseables. David mete aquí un matiz que nos parece el corazón de todo: preferible ¿para quién?. En cuanto dices «preferible», ya has elegido, ya hay un punto de vista, ya hay unos ganadores y unos perdedores. Alinear los futuros preferibles de colectivos distintos, que muchas veces no imaginan lo mismo, es media partida.
Le lanzamos la boutade obvia: entonces, David, tu éxito profesional es fallar en la predicción que hiciste al principio. Si proyectas un futuro malo y luego trabajas para que no ocurra, ganas cuando te equivocas.
Le hizo gracia, pero matizó bien. No vas contra tu anticipación. Vas contra lo muy probable que quizá no debería pasar. «El objetivo del diseño de futuros es transformar los futuros preferibles en probables, si no lo son ya.» Esa frase debería estar colgada en la pared de bastantes despachos.
Lo que nos llevamos. Hay un paso del método de David que es idéntico al nuestro y que a menudo se olvida: después de imaginar, hay que volver al presente. «Cuando tú entiendes el presente, proyectas posibles futuros, luego tienes que volver siempre al presente para hacer algo con ello», dijo. Sin plan de acción que movilice a personas y comunidades, imaginar se queda en «un ejercicio fútil». Para nosotros, esa es la primera clave: una comunidad no nace de una visión bonita, nace de una visión que aterriza en el presente y mueve a alguien a hacer algo mañana por la mañana.
Por qué nos cuesta tanto imaginar futuros mejores
Nos cuesta imaginar futuros mejores por dos motivos que se refuerzan: uno interno y uno cultural. El interno es el sesgo de negatividad, el atajo mental que nos hace fijarnos antes en la amenaza que en la ilusión. El cultural es que heredamos el siglo XX, el siglo de las distopías, y nos quedamos sin referentes visuales de cómo podría ser un futuro deseable.
El primer bloque es de fábrica. Nuestro cerebro genera atajos, los heurísticos, y de esos atajos salen los sesgos cognitivos, desviaciones sistemáticas del juicio. El más activo cuando pensamos en el futuro es el sesgo de negatividad. Estamos entrenados por generaciones de antepasados para detectar peligros mucho mejor que para detectar oportunidades. El que se asustaba de más sobrevivía; el optimista relajado se lo comía el león.
Y por si el cerebro no bastara, el entorno echa gasolina. Las redes sociales funcionan con burbujas algorítmicas que amplifican lo que más nos activa, y lo que más nos activa es lo negativo. Los medios saben que el clickbait vive del miedo. Estamos en una economía de la atención, y la atención se va hacia lo que amenaza. Resultado: cada día tenemos menos imágenes positivas del futuro, porque vivimos rodeados de estímulos que las apagan.
El segundo bloque es histórico. David lo llama «el siglo de las distopías». El siglo XX prometió un mañana brillante (electricidad, revoluciones industriales, internet) y entregó dos guerras mundiales, la caída de grandes relatos y la erosión de las estructuras que daban sentido. Las imágenes de futuro que nos quedaron grabadas vienen de la ciencia ficción: 1984, Un mundo feliz, Matrix, Blade Runner, y más cerca, Black Mirror o Years and Years. Intenta imaginar un futuro mejor sin que se te cuele un capítulo de Black Mirror por la rendija. Difícil.
La conclusión de David es incómoda: además de que nuestro cerebro no tiene entrenada esa capacidad, hemos perdido los referentes narrativos y visuales de lo que un futuro mejor podría ser.
Lo que nos llevamos. Muchas iniciativas de impacto, incluso las bienintencionadas, movilizan desde el miedo. Es lo fácil, porque el miedo tiene el sesgo de su parte. Pero lo que aprendimos aquí es que imaginar en positivo no es ingenuidad: es una capacidad que hay que entrenar contra la corriente del cerebro y del algoritmo. Para quien construye comunidad, la clave es ofrecer imágenes deseables y concretas, no otro relato del desastre. Si solo repetimos lo que ya asusta, alimentamos el mismo algoritmo que nos deja sin futuro.
Confundimos conexión con relación (y la IA puede empeorarlo)
Uno de los mensajes que más repetimos en Comunidades de Impacto es que hemos confundido conexión con relación. La promesa de internet de los noventa (vamos a estar a un clic de todo el mundo) se cumplió y a la vez nos dejó más solos que nunca. La paradoja de la hiperconexión.
David lo lee desde la profundidad. En los primeros años de internet las conexiones eran fuertes: pocas, elegidas, y muchas veces saltaban al mundo físico. Luego llegó la conexión débil. Vínculos transaccionales, algoritmos que ya ni siquiera te enseñan a la gente que sigues, y la figura del influencer como relación de una sola dirección. Hablamos mucho de socializar mientras socializamos poco.
Cuando vives un momento muy grave, o cuando te revienta de ilusión una noticia buena, buscas a alguien de verdad para compartirlo. Lo que tienes, en cambio, son cien likes en una publicación. Cien likes que, en sus palabras, «no llenan ni el 0,001% de tu almita». Es la ley de Dunbar llevada al absurdo: nuestro cerebro maneja unas 150 relaciones de calidad, y hemos decidido estirar ese número hasta los miles de contactos, quedándonos con el vínculo más fino posible.
La inteligencia artificial generativa mete una capa nueva. David la ve como una herramienta de uso íntimo, casi una conversación privada. Hay una película para eso, Her, donde el protagonista se enamora de su IA. El riesgo real no es Terminator, no es la máquina rebelándose. Es más silencioso: delegar la cognición y el criterio hasta volvernos vagos mentales, y de paso vagos sociales.
Le preguntamos cómo se rediseña eso. Su respuesta nos pareció sensata y aplicable. Un copiloto que te conoce y te aumenta las capacidades es una propuesta de valor enorme; el problema aparece cuando lo extremas. Cuando te montas un cubículo digital unipersonal y decides que para qué vas a trabajar con compañeros si tienes una IA que te entiende, disponible 24/7 y sin cambios de humor. Justo lo que las organizaciones llevan cuarenta años intentando romper, los cubículos físicos, lo estamos reconstruyendo en versión digital, y encima potenciado por el teletrabajo.
Lo que más miedo le da, y a nosotros también, es lo personal. Entre los menores de 23 años, uno de los usos más frecuentes de un ChatGPT ya es como terapeuta o como amigo. Ahí David pone el freno con educación (entender que la IA no es inteligente, que es un juego de imitación probabilístico, guiño a Imitation Game) y con rediseño de procesos. Su ejemplo: en vez de que cada uno tenga su IA en su silo, sienta a la máquina a la mesa de una sesión de cocreación, como un participante más con un punto de vista distinto. Igual que usas Miro o Mural para colaborar, usas la IA para abrir conversación, no para cerrarte en ella. Primero no delegas tu criterio. Segundo no te aísla, la integras.
Lo que nos llevamos. De aquí sacamos el consejo más operativo de toda la charla para nuestro día a día: la IA no es enemiga de la comunidad, pero mal usada la vacía. La clave está en dos reglas que David dejó clarísimas y que nosotros ya estamos aplicando en cómo diseñamos experiencias: no delegar el criterio en la máquina, y usarla para abrir conversación entre personas en lugar de sustituirla. Una IA sentada a la mesa de una cocreación suma un punto de vista; una IA en un cubículo digital resta un compañero. La diferencia no la marca la herramienta, la marca el diseño del proceso.
Qué es una protopía (y por qué es más útil que una utopía)
Una protopía es una imagen de futuro mejor que el presente, imperfecta y llena de contradicciones, que sirve como dirección y no como destino. El término lo acuñó Kevin Kelly, cofundador de la revista Wired: la define como el progreso incremental, un mundo que mejora más o menos un 1% cada año, sin saltos milagrosos ni estados perfectos. La utopía, en cambio, no sirve para caminar: es demasiado perfecta para inspirar el siguiente paso.
David lo ordena precioso. La distopía es un destino donde todo ha ido a peor, y es útil como alerta temprana. La utopía es su opuesto, un futuro idealizado donde todos los problemas se han resuelto, y es inútil para orientarte porque no puedes dar un paso concreto hacia ella. Además, siempre acaba mal en las películas: empieza perfecta y sabes que va a petar por algún lado. Ya lo avisó Margaret Atwood con su concepto de ustopía: dentro de cada utopía hay una distopía latente esperando salir, y dentro de cada distopía, una utopía escondida.
La protopía es el punto intermedio entre el presente y esa utopía inalcanzable. Un futuro mejor, todavía con problemas, pero con un camino claro hacia él.
El referente que David cita no es teórico. Es Rob Hopkins, cofundador del movimiento Transition Network y autor de From What Is to What If, un libro sobre el poder de la imaginación para crear el futuro que queremos. Hopkins genera experimentos locales en el territorio: empezó con huertos urbanos y llegó hasta una moneda local propia para intercambiar servicios. No parte de un destino cerrado. Parte de una visión que orienta, y valida pequeños experimentos que confirman mejoras hacia ella.
Dicho claro: la protopía te invita a caminar porque hay acciones concretas para avanzar. La utopía solo te invita a suspirar.
Lo que nos llevamos. La protopía es, para nosotros, el molde perfecto de una comunidad de impacto bien planteada. No prometas el paraíso ni pintes el apocalipsis: propón un futuro un poco mejor, imperfecto, con un primer paso que se pueda dar el lunes. Hopkins no convenció a sus vecinos con un manifiesto, los convenció con un huerto. Esa es la clave que nos ordena el trabajo: una visión que orienta, seguida de experimentos pequeños que la van haciendo creíble. Nadie se moviliza por una utopía; la gente se mueve por un paso que puede dar.
Protopía, utopía y distopía de un vistazo
| Concepto | Qué es | ¿Sirve para actuar? |
|---|---|---|
| Distopía | Un destino donde todo empeora (1984, Black Mirror) | Sí, como alerta temprana |
| Utopía | Un destino perfecto e idealizado | No: demasiado lejana e imposible para orientar el paso siguiente |
| Protopía | Un futuro algo mejor que el presente, imperfecto, alcanzable | Sí: da dirección y experimentos concretos |
El triunvirato que mueve el futuro: protopía, comunidad y territorio
Cuando imaginas una protopía, un futuro positivo y alcanzable desde el presente, la única forma real de materializarlo es a través de una comunidad. Esta es la conexión que David y yo perseguíamos desde el principio, y donde su mundo y el nuestro encajan como piezas de un mismo puzle.
Su argumento es contundente y hasta divertido. Sí, puede existir alguien con poder suficiente para tomar una decisión que cambie el curso de la historia. Pero David duda mucho de que esa decisión sea positiva y no beneficie sobre todo a quien la toma. Aquí se marcó un amor-odio absoluto con Elon Musk que nos hizo reír a los tres: «una especie de superhéroe villano», un tipo que en vez de comprarse 450 yates invierte su fortuna en proyectos que podrían cambiar el mundo, y a la vez da unos bandazos que asustan. La conclusión seria por debajo del chiste: confiar el futuro a un individuo todopoderoso es mala apuesta. La única forma de traccionar y movilizar en positivo es la comunidad.
Y añade un tercer vértice que nos encantó: el territorio. Solemos hablar de comunidades en abstracto, gente unida por un propósito o un interés común. Pero cuando quieres mover cosas en el mundo real, el territorio importa. Hay una cultura común, unas formas de hacer compartidas, un lugar concreto donde anclar la acción. Protopía, comunidad y territorio forman lo que él llama un triunvirato para movilizar futuros mejores.
Los datos le dan la razón. Los informes recientes sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible apuntan a que buena parte de la Agenda 2030 se cumpliría mejor en el ámbito local. Es el viejo principio de subsidiariedad: si la unidad menor puede ejecutar algo, mejor que lo haga ella antes que la mayor. Funciona mejor con el vecino, con quien ves todos los días.
Lo que nos llevamos. El territorio es la pieza que a veces nos faltaba nombrar. Nosotros pensamos las comunidades por propósito y por vínculo; David nos recordó que, cuando quieres mover cosas de verdad, hay que anclarlas en un lugar concreto, con su cultura y sus formas de hacer. La clave práctica es no diseñar comunidades flotando en abstracto: preguntarnos siempre dónde ocurre esto, quién es el vecino, qué se comparte ya en ese sitio. La combinación protopía + comunidad + territorio es, hoy, nuestra mejor plantilla para traccionar impacto.
Por qué falló la Agenda 2030 (y qué tiene que ver con las emociones)
Aquí David dijo algo que nos parece la crítica más honesta que hemos escuchado a los ODS. La Agenda 2030 es uno de los ejercicios de diseño de futuros más ambiciosos que se han hecho: Naciones Unidas proyectó futuros probables, no le gustaron, y generó un backcasting, ir del futuro deseado al presente para cambiar el rumbo. 17 objetivos, 169 metas, un montón de iniciativas regulatorias.
¿Qué faltó? Emocionalidad. «Se quedó en un tema puramente regulatorio, muy de reporting, muy de alto nivel, y no terminó de aterrizar en imágenes concretas que ilusionen y movilicen.» Los futuros no se inspiran solo desde la razón y el dato. Se inspiran desde una imagen que moviliza por ilusión, no por miedo. Y eso no se consiguió. En cuanto cambiaron los poderes, las narrativas y los incentivos, la cosa se desinfló y llegó el backlash.
Bajo nuestra mirada, cuando profundizas los ODS, la primera reacción es «¿y mañana qué? ¿por dónde empiezo?». Con 169 metas dispersas, la complejidad paraliza. Por eso nos parecen interesantes otros movimientos como los Inner Development Goals, un marco de 23 habilidades interiores repartidas en cinco dimensiones (ser, pensar, relacionarse, colaborar, actuar) pensado para que las personas desarrollen la capacidad interior necesaria para poder trabajar la agenda exterior.
Solo que ahí también asoma un problema, y David lo detecta rápido: los IDG tienen una mirada muy individual. «Empieza contigo mismo o con otros», dicen. Pero ese «otros» no termina de materializarse en comunidades locales fuertes de empresas y organizaciones que compartan y se ayuden. Lo mismo pasa con el movimiento B Corp: nació con vocación de movimiento y a veces se queda en sello. Su apuesta para una futura Agenda 2040 o 2045 es clara: poner el foco en comunidades y alianzas concretas, por áreas y territorios, no en el reporte individual.
Lo que nos llevamos. Esta es, quizá, la lección más útil para cualquiera que quiera generar impacto: los datos no movilizan, las imágenes sí. Un ejercicio impecable de reporting sin emoción se desinfla en cuanto cambia el viento político. La clave que nos dejó David es doble. Primero, poner emoción e imágenes concretas donde solemos poner métricas. Segundo, no quedarse en lo individual: convertir cualquier marco (ODS, IDG, B Corp) en comunidad y alianza local, porque el reporte de uno se olvida, pero la comunidad que te sostiene, no. Un movimiento aguanta lo que un sello no.
La hiperstición: cuando imaginar cambia lo que ocurre
Y llegamos al concepto que ordena toda la conversación. Una hiperstición es una ficción que se hace real por el hecho de que un colectivo la cree. Fuera de la jerga del diseño de futuros, es la profecía autocumplida: una narrativa, una imagen de futuro que se instala en el imaginario de una comunidad, cambia cómo esa comunidad ve el mañana, cambia cómo actúa hoy, y al cambiar los comportamientos presentes acaba cambiando la realidad.
David lo apoya en un clásico casi olvidado: Fred Polak y su libro The Image of the Future (1961). Polak estudió civilizaciones antiguas y encontró un patrón inquietante: cuando una sociedad mantiene una imagen positiva y viva de su futuro, florece la ciencia, el arte, el comercio. Cuando esa imagen se apaga, la cultura no sobrevive mucho tiempo. Las sociedades que perdían la capacidad de imaginar un futuro mejor se hundían en una especie de depresión colectiva y se ponían barreras a su propio crecimiento.
Ahora mismo tenemos el imaginario desbalanceado hacia lo negativo. Si nuestra imagen de la IA es Her, tomaremos decisiones que nos lleven a una relación más íntima con las máquinas y más pobre con los humanos. Si es Terminator, actuaremos desde el miedo a que se vuelva contra nosotros. En ambos casos, la ficción se cumple sola. La primera clave, entonces, es generar imágenes positivas del futuro que muevan a colectivos concretos a caminar hacia ellas.
Hay un matiz que David subrayó, y que nos parece de honestidad intelectual. Imaginar un futuro no lo garantiza. Pero no imaginarlo casi garantiza no conseguirlo. Lo unió con la memoria episódica del futuro: nuestro cerebro no guarda recuerdos perfectos, y esa misma imperfección es la que nos permite proyectar. Las regiones que usamos para recordar son las que usamos para imaginar. Si vives un futuro positivo de forma vívida y sostenida, generas casi un «recuerdo del futuro» que te prepara mejor para conseguirlo.
Puso el ejemplo de Cristiano Ronaldo antes de un penalti: se aísla, mira arriba, se habla, visualiza por dónde va a entrar el balón. Y luego lo ejecuta, y a veces entra y a veces no, porque enfrente hay un portero que también se está diciendo «esta se la paro», y el viento, y la barrera, y mil variables. Rematamos con la coña obvia: puedes imaginar que vas a volar todo lo que quieras, pero seguramente te pegues un tortazo. Visualizar no es magia. Te predispone, te prepara, te sube las probabilidades. El resultado ya es otra cosa.
Lo que nos llevamos. La hiperstición es el concepto que une la prospectiva de David con lo que hacemos nosotros. Y la clave que nos dejó tiene dos caras. Una es esperanzadora: como comunidad, podemos fabricar imágenes de futuro que muevan a la gente a construirlas, sin caer en promesas mágicas. La otra es una advertencia que repetimos ahora en cada taller: el pesimismo también es una hiperstición. Si una comunidad decide que nada va a mejorar, actúa como si nada fuera a mejorar, y acierta. Elegir bien la imagen que instalamos en un colectivo no es cosmética; es la palanca que cambia sus comportamientos presentes.
España tiene el tejido, le falta el músculo filantrópico
Le preguntamos algo que nos toca de cerca. Solemos decir que aquí tenemos un tejido de afecto más resiliente que el modelo anglosajón, por cultura de sobarnos más, abrazarnos más, salir más a la calle. En Comunidades de Impacto lo llamamos la infraestructura invisible del afecto.
David lo confirma sin dudar: nuestro modelo de tejido social, en España y en todo el mundo hispano, es mucho más potente que el anglosajón. Menos individualista, más de calle que de casa, con una idea de familia elegida que va más allá de la de sangre (con toda la trampa que también escondían los modelos familiares tradicionales, que no idealiza).
Pero pone dos deberes encima de la mesa. El primero, no perder ese tejido, porque lo estamos perdiendo por todo lo anterior. El segundo, más incómodo: cultivar un enfoque más filantrópico. En el mundo anglosajón la inversión social está normalizada, se dona de forma sistemática, y los volúmenes son exponencialmente mayores que en el mundo hispano. Aquí hay mucho voluntarismo, mucha gente que arrima el hombro, pero menos implicación económica estructural. Y hay que romper el sesgo del nosotros contra ellos, ese reflejo tribal que convierte a quien está fuera del círculo cercano en una amenaza. Abrir el «nosotros», perder el miedo, ampliar la mesa.
Se define como «optimista realista»: mira el presente, pero se fija en lo que se puede impulsar para generar futuros positivos. Y ve una vuelta al contacto y a la comunidad, empujada por una necesidad creciente que tiene nombre. En España, uno de cada cinco personas sufre soledad no deseada, y por eso existe ya la primera Estrategia Nacional contra la Soledad No Deseada. La comunidad dejó de ser un lujo emocional. Es infraestructura de salud pública.
Lo que nos llevamos. Aquí David nos dio a la vez un motivo de orgullo y una tarea. El orgullo: nuestra infraestructura invisible del afecto es una ventaja competitiva real, no un tópico. La tarea, en dos claves. Una, defender ese tejido de forma activa, porque se está erosionando y no se regenera solo. Otra, sumarle músculo: pasar del voluntarismo (poner el cuerpo) a la implicación estructural (poner también los recursos) y abrir el «nosotros» más allá del círculo cercano. Construir comunidad en el mundo hispano no es empezar de cero: es cuidar lo que ya tenemos y decidir invertir en ello.
Comunidades mínimas viables: empezar pequeño para llegar lejos
La forma concreta de aterrizar todo esto es la que ya trabajamos en la agencia: construir por experimentos. Nosotros los llamamos comunidades mínimas viables. Una comunidad tiene una serie de elementos (propósito, valores, experiencias, estructura), y en vez de intentar montarlo todo de golpe, vas validando cada pieza en pequeños experimentos que dan pasos concretos hacia el objetivo.
David lo reconoció al instante como el paso natural hacia las protopías. Y puso casos reales de España. La España vaciada, ese «donut a la inversa» donde la gente se concentra en el centro y la costa y queda un territorio enorme salpicado de pueblos diminutos. Cada vez que alguien se instala en uno de esos pueblos y monta un hub donde se pueda vivir con servicios y sin desconexión, está lanzando una protopía en el presente. Lo mismo con las ciudades: cada vez más deshumanizadas, más calientes, más de tránsito y menos de vida, donde se ha demostrado que meter un poco de naturaleza baja la temperatura y las vuelve habitables. Los huertos urbanos son eso, pequeñas protopías.
El reto de verdad llega después. Estos experimentos funcionan por sus casuísticas locales, por el territorio y la comunidad concretos. Escalarlos es lo difícil, porque te metes en otros ámbitos, otros colectivos, otras regulaciones. Pero David y nosotros compartimos la visión: es la forma de acercarnos a esos futuros mejores. Primero masa crítica. Luego escalado. En ese orden.
Lo que nos llevamos. Que nuestro enfoque de comunidades mínimas viables sea «el paso natural hacia las protopías» para un futurista de su nivel nos confirmó que vamos por buen camino. Pero David también nos marcó el borde del mapa: el reto no está en arrancar el experimento, está en escalarlo sin que muera lo que lo hacía funcionar. La clave que nos llevamos es de secuencia y de humildad: primero masa crítica en lo local, luego escalado, y aceptar que al escalar cambian las reglas del juego. Empezar pequeño no es pensar en pequeño; es la única manera seria de llegar lejos.
Lo que aprendimos de David: claves y consejos para construir comunidades de impacto
Si tuviéramos que destilar la conversación en lo aprovechable, en lo que ya estamos usando para diseñar mejores comunidades, sería esto. Ocho claves que son también ocho consejos.
Primero, cierra siempre con un plan de acción. Imaginar el futuro sin volver al presente es un ejercicio fútil, como lo llamó David. Toda visión tiene que terminar en algo que alguien pueda hacer mañana.
Segundo, define el «preferible ¿para quién?». No hay futuro deseable neutral. Antes de movilizar a una comunidad, explicita el punto de vista y trabaja para alinear los futuros preferibles de los colectivos que no imaginan lo mismo.
Tercero, moviliza por ilusión, no por miedo. El sesgo de negatividad y el algoritmo ya empujan hacia el desastre; no hace falta que tú también. Ofrece imágenes deseables y concretas. Ahí falló la Agenda 2030: mucho dato, poca emoción.
Cuarto, usa la IA para abrir conversación, no para cerrarte en ella. No delegues tu criterio y no dejes que te aísle. Siéntala a la mesa de la cocreación como un participante más; nunca como sustituto de tus compañeros.
Quinto, ancla la comunidad en un territorio. Protopía, comunidad y territorio son el triunvirato. Pregunta siempre dónde ocurre esto, quién es el vecino, qué cultura común ya existe en ese lugar. Lo local casi siempre funciona mejor.
Sexto, construye por experimentos. Comunidades mínimas viables: valida propósito, valores, experiencias y estructura de una en una. Primero masa crítica, luego escalado, y asume que al escalar cambian las reglas.
Séptimo, cultiva el «recuerdo del futuro». Visualizar de forma vívida y sostenida —individual y colectivamente— predispone y prepara. No garantiza nada, pero no hacerlo casi garantiza no conseguirlo.
Octavo, cuida el tejido y ábrelo. El afecto que ya tenemos en el mundo hispano es una ventaja; defiéndelo activamente, súmale implicación estructural (no solo voluntarismo) y rompe el reflejo del «nosotros contra ellos» ampliando la mesa.
Nadie diseña el futuro solo
Cerramos con la pregunta que hacemos siempre, porque resume nuestra tesis en cuatro palabras: nadie crece solo. Le preguntamos a David a qué comunidades pertenece hoy, cuáles lo hicieron el pensador que es.
Habló de la comunidad familiar en la que se crió, que definió sus valores. De la comunidad de la universidad, que defiende no tanto por lo que aprendes como por los vínculos y por cómo te cablea la mente. De las comunidades que genera en cada emprendimiento, que describe como hermandades, segundas familias, y que echó en falta en la gran corporación donde hizo amigos pero no comunidad. Contó que al cumplir 40 juntó comunidades de distintas épocas de su vida en un mismo cumpleaños, y que fue «un experimento que salió muy bien». De Acumen, la red internacional de emprendedores sociales. De sus comunidades de pensamiento, Polímatas y Aprendizaje Infinito. Y del punto canalla de su podcast, Heavy Mental.
Todas vivenciales. Todas alrededor de proyectos y de experiencias compartidas, no de contenidos consumidos. Y esa, quizá, es la última clave que nos llevamos: las comunidades que de verdad te hacen crecer no se consumen, se viven.
Ahí está el hilo que une la prospectiva con lo que hacemos en Community Hackers. Imaginar un futuro mejor es necesario, y no basta. Hace falta un colectivo que lo crea, un territorio donde anclarlo y unos cuantos experimentos pequeños que lo vuelvan plausible. Fred Polak lo vio en las civilizaciones antiguas. Rob Hopkins lo demuestra en pueblos ingleses. David lo estudia como futurista, y nosotros lo diseñamos como comunidades. Es la misma idea vista desde tres ventanas.
Si algo nos llevamos de esta primera conversación de «Hackeando a…» es esto: el pesimismo también es una hiperstición. Si lo creemos entre todos, se cumple solo. Y la buena noticia es que la contraria también funciona.
Toda esta conversación nace del trabajo que llevamos dos años volcando en Comunidades de Impacto, el libro que escribimos y que David tuvo la generosidad de prologar. Si quieres seguir tirando de este hilo, cada semana compartimos una carta en nuestra newsletter Comunidades de Impacto en Substack. Ahí es donde de verdad conversamos.
¿Qué futuro estás imaginando tú, y con quién piensas construirlo?
Puedes ver la entrevista completa con David Alayón aquí.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el diseño de futuros? El diseño de futuros es una disciplina de anticipación, no de predicción. En vez de acertar qué pasará, explora escenarios posibles para actuar mejor en el presente. Usa herramientas como el cono de futuros y busca convertir los futuros preferibles en futuros probables. Lo practican perfiles como David Alayón, vicepresidente de la Asociación Española de Prospectiva.
¿Qué es una protopía? Una protopía es una imagen de futuro mejor que el presente, imperfecta y con contradicciones, que funciona como dirección y no como destino. El término lo acuñó Kevin Kelly, cofundador de Wired, y describe el progreso incremental (mejorar en torno a un 1% cada año). A diferencia de la utopía, la protopía sí inspira acciones concretas para avanzar.
¿Qué diferencia hay entre utopía, distopía y protopía? La distopía es un futuro donde todo ha empeorado y sirve como alerta temprana. La utopía es un futuro perfecto e idealizado, poco útil porque es inalcanzable y no orienta el paso siguiente. La protopía es el punto intermedio: un futuro algo mejor que el presente, imperfecto pero alcanzable, con un camino claro para construirlo.
¿Qué es una hiperstición? Una hiperstición es una ficción que se vuelve real porque un colectivo la cree y actúa en consecuencia. Es la versión que el diseño de futuros da a la profecía autocumplida: una imagen de futuro cambia los comportamientos presentes y, al hacerlo, cambia la realidad. El término lo acuñó el colectivo británico CCRU en los años noventa.
¿Por qué las comunidades son clave para construir futuros mejores? Porque son el único mecanismo capaz de movilizar en positivo a gran escala. Ninguna persona todopoderosa cambia el mundo hacia lo positivo sin beneficiarse sobre todo a sí misma. Un futuro deseable solo se materializa cuando una comunidad lo cree y lo empuja, y funciona aún mejor anclado a un territorio concreto.
¿Por qué no cumplimos la Agenda 2030 y los ODS? Según David Alayón, la Agenda 2030 falló porque se quedó en un ejercicio regulatorio y de reporting, de alto nivel, sin aterrizar en imágenes concretas que ilusionen y movilicen. Los futuros no se inspiran solo desde la razón y el dato: necesitan una imagen que mueva por ilusión, no por miedo. Con 169 metas dispersas, la complejidad paraliza.
¿Imaginar un futuro positivo sirve para conseguirlo? Imaginarlo no lo garantiza, pero no imaginarlo casi garantiza no conseguirlo. Visualizar un futuro de forma vívida te predispone, te prepara y aumenta las probabilidades de movilizarte hacia él, apoyándose en cómo el cerebro usa las mismas regiones para recordar y para proyectar. El resultado depende de muchas otras variables.
¿Qué es una comunidad mínima viable? Es un experimento pequeño para construir comunidad validando sus elementos (propósito, valores, experiencias, estructura) uno a uno, en vez de montarlo todo de golpe. Permite dar pasos concretos hacia el objetivo con bajo riesgo. Es el paso natural para llevar una protopía del papel al territorio, aunque su reto posterior es cómo escalar.
Fuentes del artículo
[1] Entrevista de Comunidades de Impacto («Hackeando a…») a David Alayón, fundador y CEO de INNUBA. Transcripción propia, 2026. — https://open.substack.com/pub/somoscommunityhackers/p/hackeando-a-david-alayon
[2] Kelly, K. (2016). The Inevitable. Viking. Origen del término «protopía» (acuñado hacia 2010). — https://bigthink.com/the-well/protopia/
[3] Polak, F. L. (1961). The Image of the Future. Traducción de Elise Boulding. Oceana Publications. Tesis sobre imágenes de futuro y auge/declive de las civilizaciones. — https://wiki.p2pfoundation.net/Image_of_the_Future
[4] Hopkins, R. (2019). From What Is to What If: Unleashing the Power of Imagination to Create the Future We Want. Chelsea Green Publishing. — https://www.robhopkins.net/the-book/
[5] Atwood, M. (2011). «Dire Cartographies», en In Other Worlds. Concepto de «ustopía». — https://learningspaces.dundee.ac.uk/dundeeuniculture/2024/02/14/ustopias-utopias-dystopias-and-margaret-atwood/
[6] Cybernetic Culture Research Unit (CCRU), años noventa. Origen del término «hiperstición». — https://en.wikipedia.org/wiki/Hyperstition
[7] Inner Development Goals (IDG). Marco de 5 dimensiones y 23 habilidades. — https://innerdevelopmentgoals.org/
[8] Gobierno de España (2024). Estrategia Nacional contra la Soledad No Deseada. Dato: 1 de cada 5 personas en España sufre soledad no deseada. — https://www.consalud.es/politica/el-gobierno-aprueba-una-estrategia-nacional-contra-la-soledad-no-deseada.html


